Hace unas semanas tuvimos la oportunidad de asistir a un interesante seminario organizado por la Asociación Española de Fundaciones y el prestigioso despacho Uría Menéndez. Durante la jornada se analizaron algunas de las principales debilidades que presentan actualmente muchos patronatos y se expusieron recomendaciones sobre cómo debe evolucionar este órgano de gobierno para afrontar los retos presentes y futuros del sector fundacional.
La reflexión nos pareció especialmente relevante porque conecta con una realidad que observamos diariamente en nuestro trabajo con fundaciones de muy diversa naturaleza y tamaño.
Durante mucho tiempo, formar parte de un patronato fue percibido como una forma de contribuir a una causa de interés general desde la experiencia, el prestigio profesional o el compromiso personal con una determinada misión. En algunos casos, además, el cargo tenía un importante componente honorífico y de reconocimiento social. Y, en buena medida, sigue siendo así.
Sin embargo, la realidad de las fundaciones en 2026 es muy distinta a la de hace veinte o incluso diez años.
El nuevo contexto de las fundaciones
Hoy las fundaciones desarrollan su actividad en un entorno mucho más complejo, más exigente y más expuesto al escrutinio público. A ello se suma una creciente supervisión por parte de las administraciones públicas, especialmente en aspectos relacionados con el cumplimiento efectivo de los fines fundacionales, cuestión que constituye precisamente una de las principales responsabilidades del patronato.
Las fundaciones gestionan recursos cada vez más relevantes, desarrollan proyectos de gran complejidad, manejan información sensible y deben responder ante múltiples grupos de interés. En este contexto surge una pregunta inevitable: ¿están evolucionando los patronatos al mismo ritmo que las fundaciones que gobiernan?
No debemos olvidar que el patrono de una fundación asume un régimen de responsabilidad especialmente relevante. Aunque la fundación no es una sociedad mercantil, los estándares de diligencia exigibles a los patronos son cada vez más próximos a los que se demandan a los administradores societarios. Sus decisiones pueden generar responsabilidades personales cuando no actúan con la diligencia debida o incumplen las obligaciones que la ley les atribuye.
Obligaciones conocidas, exigencias nuevas
Las obligaciones legales fundamentales de las fundaciones no son nuevas. La rendición de cuentas, la elaboración del plan de actuación o la supervisión por parte de los protectorados forman parte de la vida ordinaria del sector desde hace años. Lo que ha cambiado profundamente es el contexto en el que estas obligaciones deben desarrollarse.
Evidentemente, las exigencias deben valorarse siempre atendiendo a la dimensión y recursos de cada entidad. No puede exigirse lo mismo a una pequeña fundación familiar que a una gran fundación con actividad nacional o internacional. Sin embargo, con independencia de su tamaño, todas las fundaciones deberían avanzar hacia modelos de gobierno más sólidos, incorporando procedimientos internos y una actitud proactiva orientada a la mejora continua de su gobernanza.
La transformación digital, la protección de datos, la ciberseguridad, la transparencia, la medición del impacto social o la incorporación de herramientas de inteligencia artificial son materias que apenas aparecían en las reuniones de muchos patronatos hace una década. Hoy, por el contrario, forman parte de la agenda de cualquier organización que aspire a gestionar sus recursos de manera responsable y eficiente.
El patronato no está llamado a gestionar, sino a gobernar
Y es precisamente aquí donde conviene recordar una idea fundamental: el patronato no está llamado a gestionar la fundación, sino a gobernarla.
Gobernar significa definir la estrategia, supervisar la actividad de la entidad, controlar los riesgos, garantizar el cumplimiento normativo y velar por que cada decisión sea coherente con los fines fundacionales.
En otras palabras, el patronato no debe asumir la gestión diaria de la organización, pero sí tiene la obligación de formular las preguntas adecuadas, exigir información suficiente y adoptar decisiones informadas.
Para ello resulta imprescindible disponer de conocimientos y herramientas actualizadas.
La formación de los patronos como política de buen gobierno
Pocas personas cuestionan hoy la necesidad de formación continua para abogados, economistas, médicos o directivos. Sin embargo, el debate sobre la formación permanente de los patronos sigue siendo relativamente reciente.
La realidad demuestra que las materias que afectan a una fundación son cada vez más amplias y especializadas. Resulta difícil supervisar adecuadamente cuestiones relacionadas con la protección de datos, los riesgos tecnológicos, el cumplimiento normativo o la sostenibilidad sin una mínima actualización periódica de conocimientos.
No se trata de convertir a los patronos en expertos en todas las materias. Se trata de proporcionarles los recursos necesarios para comprender los desafíos a los que se enfrenta la entidad y ejercer sus funciones con la diligencia que exige el cargo.
Quizá haya llegado el momento de que la formación de los patronatos deje de considerarse una mera recomendación para convertirse en una auténtica política de buen gobierno fundacional.
Composición del patronato: experiencia, compromiso y conocimiento técnico
La profesionalización también pasa por la adecuada composición de los patronatos.
Tradicionalmente, muchas fundaciones han incorporado a personas de reconocido prestigio en su ámbito de actuación. Esta práctica sigue siendo extraordinariamente valiosa, pero las necesidades actuales aconsejan complementarla con perfiles diversos que aporten conocimientos jurídicos, financieros, tecnológicos, estratégicos y sociales.
Los patronatos del futuro necesitarán combinar experiencia, compromiso y conocimiento técnico. Necesitarán personas capaces de comprender tanto la misión de la fundación como los riesgos asociados a su actividad.
La diversidad de competencias no solo mejora la calidad de las decisiones; también fortalece la capacidad de adaptación de las organizaciones ante escenarios cada vez más cambiantes.
Inteligencia artificial y fundaciones: un nuevo reto para los patronatos
Y si existe una cuestión que simboliza esta necesidad de evolución, probablemente sea la inteligencia artificial.
La IA ha llegado para quedarse. Nuestro propio despacho la utiliza ya en numerosas tareas de apoyo y cada vez son más las fundaciones que incorporan estas herramientas para elaborar contenidos, gestionar documentación, optimizar procesos internos o analizar información.
Se trata de una transformación imparable que ofrece enormes oportunidades, pero que también plantea riesgos jurídicos, éticos y organizativos que los patronatos deben comprender.
No es extraño encontrar todavía cierta resistencia al cambio, especialmente en órganos de gobierno donde predominan perfiles con una larga trayectoria profesional alejados del entorno tecnológico. Sin embargo, la cuestión ya no es si la inteligencia artificial va a formar parte de la actividad de las fundaciones, sino cómo se va a utilizar y qué mecanismos de supervisión deben implantarse para garantizar un uso responsable.
La profesionalización de los patronatos: reto y oportunidad
En definitiva, la profesionalización de los patronatos no es una moda ni una tendencia pasajera. Es, probablemente, uno de los grandes retos (y también una de las mayores oportunidades— del sector fundacional en los próximos años.
Desde Olmos Abogados Fundaciones esperamos contribuir, a través de nuestros artículos y actividades formativas, a la difusión de información rigurosa y útil para los patronos y profesionales del tercer sector. Porque unas fundaciones mejor gobernadas son también fundaciones más sólidas, más transparentes y más eficaces en el cumplimiento de los fines para los que fueron creadas.
Ignacio Olmos Esteban
CEO y Socio Director
Olmos Abogados Fundaciones